QUIEN ESTE LIBRE QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA

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Location: Madrid, Madrid, Spain

Tuesday, June 06, 2006

QUIEN ESTE LIBRE QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA

La noche lo envolvía todo, el silencio de las personas durmientes no se veía roto por ningún sonido. De pronto una silueta se deslizó a través de una puerta y huyó rápida pero sigilosamente al amparo de las sombras. Al volver una esquina se detuvo en seco. Otras cinco sombras grandes, correspondientes a otros tantos hombres de gran talla estaban paradas en mitad de la carretera. Un relámpago lo inundó todo, iluminando parcialmente el rostro ligeramente bronceado (ahora blanquecino por el pánico) y barbilampiño de una mujer.

Con un movimiento apenas perceptible se escondió en un pequeño callejón, con la esperanza de poder escapar por el estrecho pasillo de los guardias que la acechaban en la calle principal. El bulto que llevaba en brazos se movió ligeramente; la sorpresa hizo que la mujer se sobresaltase y una sensación electrizante recorrió su espalda y llegó hasta su nuca. La situación era enervante, el mero hecho de que se le escapase un suspiro más fuerte de lo que ella creía conveniente hacía que el corazón le saltase desbocado en el pecho. Apretó el bulto contra su cuerpo con firmeza, pero con un cariño inigualable al mismo tiempo y, dispuesta a continuar su camino, se giró y algo enrollado en sus pies por poco la hace perder el equilibrio. "¡Maldito perro!" susurró mientras le lanzaba una fallida patada a un sucio y pulgoso can.

Aceleró el paso, giro a la derecha en la primera desviación y vislumbró frente a ella el ancho camino que conducía a la entrada de la población. Empujada por una alegría creciente con cada paso se lanzó a la carrera hacia su salvación. Casi podía tocar con la mano las puertas de la ciudad, las puertas que se abrirían para permitirla escapar de la sentencia que le habían impuesto. De pronto un brazo potente y decidido la agarró por la espalda y la arrastró de vuelta al centro de la ciudad. Los primeros rayos del caliente sol se abrían paso a través de las tinieblas de la noche y de las oscuras nubes de lluvia inundándolo todo de una claridad cegadora. La plaza principal se encontraba abarrotada de gente que esperaba a que su captor la arrastrase hasta el centro del bullicio. Rodeada de gente y sabiendo que habría de morir, abrazó con fuerza a su hijo mientras abundantes y amargas lágrimas le caían por el rostro al tiempo que, entre sollozos, suplicaba clemencia. Nadie la escuchó y la pública lapidación de la joven Miriam, de solo 23 años de edad, y de su hijo bastardo recién nacido se llevó a cabo como estaba previsto.